Conclusión
A lo largo de este libro hemos evitado definir al ser humano por lo que es y lo hemos situado por lo que hace para no perder el mundo, sin buscar una esencia, ni una facultad privilegiada, ni una superioridad ontológica, y hemos seguido un recorrido más sobrio y más incómodo: observar cómo un organismo finito logra habitar un entorno excesivo mediante operaciones de sentido que nunca son gratuitas.
Narrar, condensar, estabilizar, cerrar, mentir, persistir; no aparecen como virtud moral ni como defecto psicológico, sino como condición de posibilidad de una vida que no colapse bajo el peso de lo indeterminado.
El Homo Fabulensis no inventa relatos por ingenuidad ni por deseo de engaño, los produce porque sin ellos el mundo no se sostiene como mundo, y el sentido no surge para decir la verdad sino para hacer posible la continuidad, y esa continuidad exige siempre una reducción: dejar cosas fuera, simplificar, fijar, repetir.
Ese es el primer precio del sentido: hay cosas que no pueden aparecer.
Cada cierre narrativo protege de la dispersión y al mismo tiempo excluye; cada identidad permite actuar y, a la vez, congela posibilidades; cada campo de sentido orienta volviendo impensable aquello que no cabe en él, porque ningún relato puede hacerse sin sacrificar algo del mundo para poder hacerlo habitable.
El segundo precio es menos visible: el desplazamiento del coste.
Cuando el sentido funciona bien el sistema social se estabiliza y continúa, pero el coste de ese funcionamiento no se distribuye de manera uniforme, el sistema no siente saturación ni agotamiento ni conoce la herida semántica, y ese coste se inscribe en la psique y en el cuerpo de quienes viven dentro del relato, lo sabemos bien.
Fatiga, desacoplamiento, automatismo, persistencia sin entusiasmo no son fallos individuales sino señales estructurales de que el sentido está siendo exigido más allá de lo que puede integrarse sin daño, y aunque el mundo sigue funcionando se vuelve cada vez menos habitable.
El tercer precio aparece cuando el propio sentido se autonomiza.
Cuando los relatos dejan de corregirse por la experiencia, cuando el lenguaje opera sobre sí mismo y cuando la coherencia interna sustituye al peso vivido, el sistema gana eficiencia a costa de perder mundo, y en ese punto el Homo Fabulensis puede seguir narrando sin habitar plenamente lo que narra.
La mentira deja de ser excepción, la persistencia deja de ser elección y la voluntad deja de ser virtud para convertirse en desgaste.
Y, sin embargo, nada de esto permite concluir que el sentido sea un error que deba superarse, porque no existe un exterior al sentido desde el que vivir ni acceso a una realidad desnuda que no destruya al organismo que intenta sostenerla.
El problema no es el sentido sino olvidar su precio.
Este libro termina donde suele empezar la comodidad, en la narración que explica por qué seguimos siendo alguien, aunque ese alguien no es todavía el problema.
Mientras el sentido aparece como relato puede pensarse desde una interioridad o desde una experiencia que parece originaria, posición que aún no ha sido retirada.
El volumen siguiente no continúa esta historia, desplaza su punto de apoyo.
No pensamos, somos pensados.