Contexto
La Tierra como entorno hostil y mundo excesivo
(Economía evolutiva del sentido)
No partimos del ser humano o homo fabulensis. Partimos del entorno.
La Tierra no es un hogar. Es un medio físico y social indiferente a la vida que alberga. No cuida, no protege, no garantiza continuidad. La vida no “está” en la Tierra: insiste en ella. Cada organismo existe bajo presión constante: escasez, desgaste, error, pérdida. Vivir no es un estado, es una operación costosa que debe renovarse a cada instante.
En ese contexto, ningún sistema puede permitirse registrar el mundo tal como es. La realidad es demasiado amplia, demasiado variable, demasiado indiferente. Para seguir existiendo, todo organismo debe reducir complejidad. Seleccionar. Priorizar. Ignorar. La supervivencia no favorece a quien percibe más, sino a quien percibe lo suficiente para actuar sin colapsar.
Esta reducción no es un defecto. Es una condición estructural de la vida.
Hasta aquí, nada específicamente humano.
Del entorno al mundo
A partir de cierto umbral de complejidad, la reducción ya no puede hacerse solo a través de reflejos o ajustes locales. El entorno deja de ser simplemente un conjunto de estímulos y se convierte en algo más difícil de manejar: un campo de variaciones, expectativas, amenazas diferidas, oportunidades futuras, relaciones indirectas.
Ahí aparece lo que llamamos mundo.
El mundo no es el entorno tal como es, sino el entorno tal como importa. Importa porque afecta a la continuidad, porque introduce diferencia, porque obliga a anticipar. Un mundo es un entorno organizado por relevancias.
Y esa organización no es neutral. Tiene coste. Consume energía. Exige decisiones sin información completa. Exige cerrar antes de saber del todo.
Complejidad material y complejidad social
En el ser humano, esta complejidad se duplica.
Por un lado, la material: clima, geografía, recursos, cuerpos, tecnologías.
Por otro, la social: normas, roles, instituciones, lenguajes, expectativas ajenas, conflictos simbólicos.
El mundo humano no es solo peligro físico. Es exceso semántico.
Demasiadas opciones. Demasiadas interpretaciones. Demasiadas consecuencias indirectas.
El humano no vive en un medio simple como el de una ameba, ni en un mundo relativamente estable como el de muchos animales sociales. Vive en un mundo excesivo, donde casi todo puede significar algo y donde las acciones rara vez tienen un solo efecto.
Aquí aparece el problema central de este libro:
¿Cómo puede un organismo finito habitar un mundo que lo desborda por todas partes?
El sentido como tecnología adaptativa
La respuesta no es la inteligencia entendida como cálculo puro.
Tampoco la fuerza, ni la velocidad, ni siquiera la herramienta aislada.
La respuesta es el sentido.
El sentido no es verdad.
No es representación fiel.
No es acceso a la realidad tal como es.
El sentido es una tecnología adaptativa: una forma de reducir el mundo a algo vivible. Condensa experiencias, fija relevancias, orienta la acción sin necesidad de recalcularlo todo cada vez.
El sentido permite algo decisivo: seguir, incluso cuando no se comprende del todo.
Por eso no surge para conocer, sino para habitar.
Aquí conviene precisar que la economía del sentido no opera en un único plano. Puede distinguirse, al menos, entre una economía atencional (el coste de procesar y sostener información), una economía social (el coste de coordinar expectativas entre muchos) y una economía psíquica (el coste vivido de integrar sentido bajo un límite operativo). Cuando hablamos de economía del sentido, nos referimos siempre a la interacción entre estos tres niveles, no a un principio único y abstracto.
Límites del acceso a la realidad “pura”
La realidad, en su forma bruta, no es accesible al ser humano. No porque no exista, sino porque no puede ser vivida sin mediación. Allí donde se intenta suprimir toda reducción, aparece el colapso: desorientación, pánico, parálisis.
El humano no puede vivir en la realidad desnuda.
Puede, a lo sumo, rozarla cuando un sentido falla.
Por eso no accedemos a la realidad directamente, sino a través de configuraciones de sentido que nos permiten levantarnos, decidir, anticipar y tolerar la incertidumbre.
Estas configuraciones no son arbitrarias. Están presionadas constantemente por el mundo material y social. Cuando dejan de funcionar, aparecen crisis, malestar, saturación. El mundo no “habla”, pero empuja.
Y ese empuje se siente.
Aquí se fija el método de este volumen.
No entraremos al sentido por la teoría pura.
No entraremos por modelos abstractos.
No entraremos por definiciones previas.
Entraremos por el fenómeno.
Por cómo se vive el cierre.
Por cómo se experimenta el exceso.
Por cómo algo alivia, pesa, orienta o deja de hacerlo.
La teoría de sistemas nos permitirá explicar lo que ocurre.
La fenomenología nos permite acceder a ello.
Sin fenómeno, el sistema es ciego.
Sin sistema, el fenómeno es mudo.
Este contexto no se discutirá más adelante.
Funciona como suelo.
A partir de aquí, no preguntaremos qué es el ser humano, sino qué hace para no perder el mundo.