Capítulo 9
Cierre sedimentado, medio recurrente y obsolescencia histórica del sentido
Aquí conviene corregir una simplificación importante. No todo cierre que se repite es defensivo. Muchos cierres se sedimentan simplemente porque han funcionado bien. Han permitido orientarse, actuar, coordinarse, crecer, habitar un mundo. La sedimentación, por sí sola, no es todavía patología. Es una condición normal del aprendizaje.
Por eso el término importante ya no debe ser “cierre recurrente” en sentido vago, sino cierre sedimentado.
Llamaremos así a todo cierre que, por repetición, éxito o alivio, se ha vuelto valle preferente del sistema. Puede haber nacido como defensa o como adaptación lograda. La sedimentación es una categoría neutral.
El problema empieza cuando esa sedimentación pierde corregibilidad.
Eso puede pasar, al menos, de tres maneras.
Primera: porque el cierre se vuelve tan reforzado que la próxima discrepancia cae una y otra vez por la misma vía, aunque ya no sea la mejor. En ese caso la historia del sistema pesa demasiado.
Segunda: porque el propio medio se ha vuelto recurrente y recursivo. El sujeto ya no se limita a recaer en sus propios cierres; habita un entorno que le ofrece continuamente cierres ya formateados. Lenguaje técnico, diagnóstico rápido, juicio acelerado, categorías de rendimiento, respuestas prefabricadas: el medio mismo repite sus valles y empuja la experiencia hacia ellos.
Tercera: porque el mundo cambia tan rápido que cierres que fueron inteligentes y no defensivos dejan de corresponder a la realidad actual. No se vuelven patológicos porque nacieran mal. Se vuelven empobrecedores porque el sistema social, técnico y lingüístico ha cambiado más deprisa que la psique que los sostenía.
Aquí la fragilidad contemporánea aparece en toda su complejidad. No procede solo de la herida ni solo del miedo. Procede también de la sedimentación, de la recurrencia del medio y de la obsolescencia histórica del sentido. Una persona puede sufrir hoy no porque haya cerrado siempre a la defensiva, sino porque sigue cerrando con formas que antes funcionaron y que el mundo actual ya no recompone fácilmente.
Eso explica por qué la patología del sentido no afecta solo a quienes envejecen en un cierre. También puede afectar a sujetos muy jóvenes. No porque tengan siglos de sedimentación biográfica, sino porque nacen ya dentro de una ecología de baja latencia, alta recursividad, repertorio estrecho y fórmulas de cierre demasiado disponibles. El problema no es solo personal. Es también del medio.
Con esto, el libro corrige de verdad su hipótesis inicial. La fragilidad no procede únicamente de cierres defensivos puntuales que se repiten. Procede también de otra cosa: de adaptaciones logradas que el tiempo histórico vuelve obsoletas y de un entorno que devuelve una y otra vez formas ya cerradas de sentido.
La formulación más precisa sería esta:
No todo cierre sedimentado nace como defensa, pero todo cierre sedimentado puede volverse empobrecedor cuando pierde capacidad de revisión, cuando el medio refuerza su repetición o cuando el mundo cambia más rápido que la psique que lo sostiene.
Esa es, probablemente, una de las tesis centrales del libro.
Y desde aquí sí puede abrirse ya el siguiente bloque: cómo se comporta el sistema cuando aparece algo verdaderamente nuevo, qué hace con lo inédito y por qué a veces lo metaboliza como aprendizaje y otras lo recicla, lo satura o lo pierde.