Capítulo 3. El error de la interioridad

Capítulo 3

El error de la interioridad

El error de la interioridad consiste, sobre todo, en situar el pensamiento en un lugar equivocado y en haber confundido qué es la inteligencia.

La cultura moderna ha identificado la inteligencia con una propiedad interna: una capacidad que reside en el individuo, que puede medirse, compararse y atribuirse como rasgo personal. Pensar bien, comprender más o decidir mejor se interpretan así como efectos de una dotación interior (mental, cognitiva o neuronal) que pertenece a alguien.

En el marco que aquí se propone, la inteligencia deja de ser una facultad privada o un atributo psicológico y se concibe como una capacidad operativa de organización del sentido. Allí donde un sistema logra seleccionar, estabilizar y continuar relaciones significativas dentro de un campo de posibilidades, allí hay inteligencia. No importa si ese sistema es un individuo, una institución, un lenguaje o una arquitectura técnica.

La inteligencia consiste menos en tener ideas que en hacer que algo pueda seguir: que una acción encuentre continuidad, que una comunicación sea respondida, que una distinción permita operar sin colapsar. En este sentido la inteligencia reside en los sistemas que producen y sostienen sentido, no en la cabeza.

Este error se vuelve especialmente visible cuando alguien no encaja en ciertos sistemas de comunicación: una persona puede ser extraordinariamente sensible, creativa o lúcida y, sin embargo, tener dificultades para interpretar gestos, ironías o códigos sociales implícitos, lo que suele deberse a un desacoplamiento entre sistemas de sentido; la conciencia funciona, pero el lenguaje que la rodea no se deja habitar fácilmente.

Al situar el origen del pensamiento en la vida interior, la cultura moderna se ha vuelto ciega a las fuerzas que lo estructuran: buscó en el cerebro y en la mente lo que solo aparece en los sistemas de comunicación y trató de medir la inteligencia como si fuera una cantidad individual cuando en realidad es una dinámica colectiva.

No se agota en lo teórico: tiene consecuencias políticas, educativas y tecnológicas, basta mirar la escuela o el lugar de trabajo. Si creemos que la inteligencia es una propiedad privada, podemos compararla, clasificarla y explotarla. Si la entendemos como una función de sistemas de sentido, esas jerarquías pierden su fundamento.

El desplazamiento que se abre entonces es inevitable: dejar de buscar la inteligencia en la interioridad o en la cabeza exige cambiar el nivel de observación y atender a cómo se organiza la sociedad, y ese movimiento conduce directamente al núcleo de la teoría de sistemas.