Capítulo 7
No existe “el” lenguaje
Una de las simplificaciones más persistentes de la modernidad ha sido hablar de “el lenguaje” como si fuera una cosa única, homogénea y universal. Esta idea resulta cómoda porque permite imaginar una humanidad que, en el fondo, comparte un mismo medio de comprensión y solo difiere en palabras, y sin embargo esa imagen es falsa.
No existe “el” lenguaje; existen, en cambio, múltiples lenguajes.
Existen lenguajes verbales, matemáticos, musicales, corporales, visuales, técnicos, jurídicos, rituales, y cada uno constituye un sistema de sentido propio con sus reglas, sus distinciones y sus posibilidades de error, se traducen entre sí, pero con pérdida, porque no operan con las mismas formas de selección.
Una ecuación no puede expresarse plenamente en palabras, ni un gesto traducirse del todo en una frase, ni una melodía reducirse a una definición; no es cuestión de que falten términos, sino de que cada uno de estos lenguajes organiza el sentido de manera distinta.
Esto es fundamental para entender cómo funciona la inteligencia: consiste menos en una facultad general aplicable a cualquier medio y más en la capacidad de operar dentro de un sistema de sentido específico, de modo que una persona puede ser extremadamente inteligente en matemáticas y estar completamente perdida en el lenguaje social implícito y otra puede moverse con brillantez en la música sin entender una demostración lógica.
No cabe reducirlo a un fallo individual; es un fenómeno sistémico que hace que cada persona esté acoplada a ciertos lenguajes y desacoplada de otros, y el sufrimiento, la exclusión y la incomprensión que se producen cuando ese acoplamiento falla no son defectos psicológicos sino efectos de una ecología simbólica que no admite fácilmente la diferencia.
La neurodivergencia, como ocurre en el caso del TEA, hace visible algo que siempre estuvo ahí: un único mundo de sentido humano no existe, sino que hay múltiples mundos superpuestos, a veces incompatibles, y el problema reside menos en la mente que en la expectativa cultural de un lenguaje único.