Cuidar el aparecer del sentido no implica que "todo valga"; significa negarse a que la violencia se justifique como obvia, necesaria o natural y no aceptar sin resistencia relatos que convierten el daño en normalidad, el agotamiento en virtud o la disonancia en culpa individual.
El criterio, más que un bien abstracto, es si un mundo puede seguir apareciendo sin destruir a quienes lo habitan; cuando el mundo deja de aparecer y solo se impone, la ética ya ha fracasado.
Este libro no enseña a vivir sino que prepara el terreno para aprender, por eso termina abriendo hacia una exigencia práctica: una pedagogía del borde, una formación de la atención capaz de leer operaciones, registrar cierres y reabrir posibilidades allí donde el sistema las clausura.
No para producir sujetos más eficaces ni para adaptarse mejor, sino para no perder del todo la capacidad de aparecer.
Si hay que decirlo de forma brutal, sin matices finales: la ética consiste menos en saber qué es lo correcto y más en impedir que el mundo se vuelva inhabitable sin que nadie lo note; todo lo demás (normas, valores, sistemas) es secundario.