Ciclo: Ciclo 1  ·  Volumen: Vol. V — Ética del borde

Capítulo 7. Técnica y sustitución de las funciones reguladoras del sentido

Capítulo 7

Técnica y sustitución de las funciones reguladoras del sentido

Antes de que la técnica interviniera masivamente en la regulación del sentido, este ya estaba mediado. No por normas formales únicamente, sino por un equilibrio operativo entre cuerpo, psique y entorno. El relato no era un producto autónomo: emergía de la fricción entre lo que el cuerpo podía sostener, lo que la psique podía integrar y lo que el mundo exigía.

El cuerpo regulaba por límite y la psique por elaboración. Ese doble filtro no garantizaba verdad ni armonía, pero impedía que una narración se estabilizara sin pasar por la prueba de la vivencia. El sentido no se imponía sin más: encontraba resistencias, demoras, desajustes y reelaboraciones.

Lo decisivo aquí no era solo la lentitud. Era la existencia de latencia. Había margen para que una diferencia no se cerrara de inmediato, para que una disonancia pudiera sostenerse el tiempo suficiente y para que la experiencia volviera sobre sí antes de fijarse en relato. Había también más varianza semántica efectiva: más formas de traducir lo vivido, más posibilidades de desplazamiento, más espacio para que cuerpo y psique corrigieran desde dentro el proceso de estabilización.

Ese equilibrio nunca fue pleno ni perfecto. Pero dejaba un intervalo operativo entre experiencia y cierre. La disonancia no desaparecía, pero encontraba cauces de elaboración. La herida semántica no quedaba excluida, pero no todo se precipitaba enseguida hacia fijación, saturación o simplificación defensiva.

La técnica se vuelve decisiva cuando ese régimen deja de ser suficiente para coordinar un entorno cada vez más complejo, interconectado y anticipatorio. Su función no consiste simplemente en añadir instrumentos, sino en externalizar y adelantar operaciones que antes dependían de cuerpo y psique. Allí donde antes el cuerpo marcaba un límite y la psique elaboraba, ahora interviene un sistema operativo que no siente ni integra, pero selecciona, ordena, calcula y distribuye.

La técnica no inventa el relato, pero lo preregula. Decide antes de la experiencia qué aparece, con qué frecuencia, bajo qué intensidad y en qué encuadre. El sentido deja entonces de ajustarse principalmente a posteriori, por fricción con lo vivido, y empieza a estabilizarse cada vez más a priori, por diseño, predicción y optimización.

El desplazamiento decisivo no es que desaparezcan cuerpo y psique, sino que dejan de gobernar el ritmo del ajuste. Siguen ahí, pero llegan tarde. Reaccionan a un campo que ya ha sido filtrado, jerarquizado y estabilizado por otros criterios. La técnica no sustituye al lenguaje ni a la narración como tales; sustituye parte de sus mecanismos internos de corrección, demora y contraste con la experiencia.

Por eso el problema no puede reducirse a la aceleración, aunque la aceleración sea una de sus manifestaciones más visibles. Lo decisivo es que disminuye la latencia de cierre: el sistema tiende a resolver, clasificar y reenviar antes de que una diferencia pueda sostenerse el tiempo suficiente como para ser elaborada. A la vez, se estrecha la varianza semántica disponible: circulan muchas formulaciones, pero menos diferencias efectivas de orientación. Y crece la brecha de traducción entre experiencia y relato, porque lo vivido encuentra cada vez más formas prefabricadas de captura y menos margen para reorganizarse desde dentro.

Por eso la disonancia cambia de estatuto. Antes podía funcionar como fricción entre experiencia y relato, obligando a corregir, revisar o desplazar una forma de sentido. Ahora aparece con frecuencia en un campo donde el relato encaja demasiado bien con criterios técnicos y demasiado mal con la vivencia. El sistema opera, pero la experiencia no recupera por ello capacidad de regulación. No hay fallo operativo. Hay desacoplamiento entre estabilización técnica y elaboración vivida.

La técnica regula sin afecto, y eso altera profundamente el problema. El afecto no decidía, pero advertía. La psique no legislaba, pero mediaba. La técnica, en cambio, optimiza patrones y refuerza respuestas sin distinguir por sí misma entre orientación y captura, entre consistencia y saturación, entre atención viva y fijación reactiva. Puede incorporar cansancio, ansiedad o indignación como variables sin que por ello dejen de alimentar el sistema. No necesita que el malestar se resuelva; le basta con que funcione.

Aquí el malestar deja de operar con facilidad como corrección interna. El cuerpo acusa, la psique se resiente, pero el sistema narrativo no se reajusta por ello. La disonancia ya no abre necesariamente reorganización. Puede estabilizarse como estado, repetirse sin elaboración o quedar absorbida en un circuito que la utiliza sin traducirla.

Esto explica por qué el malestar contemporáneo no conduce necesariamente a transformación. No porque no exista, sino porque encuentra menos latencia, menos varianza y más brecha de traducción. El cansancio no siempre frena el sistema; puede ser reintegrado por él. La ansiedad no siempre desorganiza la narrativa dominante; puede intensificarla. La psique pierde parte de su función reguladora y queda reducida con más frecuencia a superficie de impacto.

La inteligencia artificial intensifica este proceso, pero no lo inaugura. Los modelos de lenguaje no tienen cuerpo ni psique, pero están acoplados directamente al campo de sentido. Pueden producir formulaciones coherentes, empáticas o reflexivas sin haber atravesado experiencia alguna. No elaboran mundo: replican y recombinan sentido disponible a gran escala.

La confusión aparece cuando esa coherencia formal se toma como criterio suficiente de orientación. Pero una coherencia sin cuerpo no corrige, y una coherencia sin psique no integra. Puede ordenar, sugerir, acelerar o asistir, pero no reemplaza el trabajo por el que una vida convierte diferencia en experiencia asumible.

La técnica no es, por tanto, el problema en sí. El problema es su monopolización de funciones que antes exigían fricción vivida, demora, elaboración y contraste interno. Cuando el sentido puede estabilizarse sin pasar suficientemente por cuerpo y psique, pierde una parte de sus mecanismos de autocorrección. Y cuando eso ocurre, el malestar deja de volver con facilidad como señal y pasa a quedar más expuesto a fijación, saturación o patologización.

La ética del borde no consistirá entonces en oponerse abstractamente a la técnica, sino en reabrir condiciones para que cuerpo y psique vuelvan a intervenir como reguladores del sentido. No para restaurar un equilibrio originario, sino para impedir que la estabilización técnica reduzca demasiado la latencia, estreche demasiado la varianza y amplíe sin cesar la brecha entre lo vivido y lo formulado.

Tesis del capítulo:

El problema ético contemporáneo no es solo que el relato se acelere, sino que puede estabilizarse con cada vez menos latencia, con menor varianza semántica y con una brecha de traducción creciente respecto de la experiencia. Cuando eso ocurre, cuerpo y psique dejan de corregir desde dentro, y el malestar pierde capacidad de volver como señal de reorganización.