Capítulo 14
La complejidad es cara
Uno de los errores más frecuentes del pensamiento contemporáneo consiste en tratar la complejidad como si fuera un bien en sí mismo. Se la invoca como antídoto contra la simplificación, contra el dogmatismo o contra la violencia del cierre, y en parte con razón. Pero hay una verdad más incómoda que casi siempre se omite: la complejidad es cara.
Es cara en un sentido material: cuesta sostener muchas variables a la vez, no reducir enseguida y mantener abiertas varias vías de respuesta sin precipitar una decisión; cuesta tolerar ambigüedad, ruido, incertidumbre y contradicción sin convertirlas demasiado pronto en amenaza o en plantilla, y cuesta, sobre todo, porque todo sistema finito tiene que decidir continuamente cuánto mundo puede seguir dejando entrar sin desorganizarse.
Aquí la economía del sentido adquiere su suelo más sobrio. No es solo que los sistemas "prefieran" simplificar; mantener la complejidad exige trabajo. En el cuerpo, ese trabajo aparece como regulación, gasto metabólico, alostasis y recuperación. En la psique aparece como atención, metabolización, traducción, demora y reorganización. En el sistema social aparece como coordinación, procesamiento, validación y gestión de perturbaciones. En los tres planos, la complejidad no es gratuita.
Esto obliga a corregir una ilusión típica: no toda complejidad es habitable; puede haber una complejidad fértil, que ensanche repertorio, aumente corregibilidad y permita más de una vía de cierre sin colapsar, pero también hay una complejidad bruta, una proliferación de variables que el sistema no puede metabolizar y que, por tanto, se vuelve costo sin aprendizaje. El problema no es tanto "tener demasiada complejidad" como no disponer del margen suficiente para volverla forma habitable.
Desde esta perspectiva el cierre deja de parecer una simple mutilación del mundo y empieza a verse como una respuesta económica a un problema real: el sistema reduce porque no puede sostenerlo todo, y la cuestión ya no es si reducirá sino cuándo, cómo y a qué precio. Y ese precio importa, porque una reducción demasiado pronta abarata la continuidad a corto plazo pero empobrece la capacidad futura de reorganización.
Esa es la razón por la que la termodinámica importa aquí, aunque no debamos convertir el libro en un tratado físico: la vida no se sostiene en equilibrio inmóvil sino lejos del equilibrio, a costa de trabajo, disipación y regulación, y el sentido comparte con los sistemas vivos esa condición básica —mantenerse abierto cuesta más que repetirse—.
Y eso nos lleva a la cibernética, porque una vez admitido que la complejidad es cara la pregunta pasa de cuánto cuesta a qué mecanismos usa un sistema para reducirla sin colapsar.