Capítulo 3
Tres sistemas, tres costes
Si todo sistema finito economiza reconfiguración, hace falta entonces precisar de qué sistemas estamos hablando porque no basta con decir “el sistema” como si se tratara de una única cosa homogénea. Para el problema de este libro, conviene distinguir al menos tres planos:
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El cuerpo.
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La psique.
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El sistema social.
No son entidades aisladas ni sustancias separadas; son planos acoplados, pero no comparten el mismo criterio de éxito ni pagan el mismo coste cuando el margen cae.
El cuerpo trabaja bajo un criterio de viabilidad, regula activación, sueño, metabolismo, inflamación, tono, reparación, umbrales de alerta y gasto de energía, y no le interesa, en primer término, si una experiencia es moralmente correcta o socialmente valiosa. Lo que regula es si puede seguir sosteniéndose sin romper, y cuando el cuerpo acusa coste lo hace en su propia lengua: fatiga, hiperactivación, dolor, irritabilidad, insomnio, torpeza, tensión, caída de recuperación. El cuerpo es el lugar donde la continuidad deja de ser gratuita.
La psique no necesita solo continuar, necesita que el mundo siga siendo habitable, integra experiencia, narración, tiempo, expectativa, afecto, herida y sentido vivido y, por eso, una persona puede seguir funcionando corporalmente y, sin embargo, empezar a perder mundo en el plano psíquico, puede cumplir, responder y coordinar mientras algo deja de sostenerse por dentro; ese es el registro de la psique, que no se conforma con la viabilidad y exige habitabilidad.
El sistema social, en cambio, trabaja bajo un criterio de continuidad operativa y necesita que la comunicación siga, que las decisiones sean legibles, que las validaciones se mantengan y que las operaciones se encadenen, pero no siente el coste como lo siente un cuerpo ni lo acusa como lo acusa una psique, y puede seguir perfectamente mientras desplaza parte creciente del trabajo de integración sobre quienes lo habitan.
Ahí aparece una asimetría decisiva.
Por eso una institución puede parecer sana desde sus métricas y, sin embargo, resultar cada vez más inhabitable para quienes la sostienen, y un régimen de trabajo puede llamarse eficiente mientras incrementa deuda corporal y cierre rápido. Además, una cultura puede multiplicar narraciones, clasificaciones y protocolos sin por ello aumentar la capacidad de sus miembros para metabolizar discrepancia.
Aquí el lenguaje tiene un papel central porque es uno de los medios de acoplamiento entre esos planos: el cuerpo no entra directamente en el sistema social, entra traducido; la psique no accede sola al mundo, lo hace con palabras, categorías, escenas y gramáticas disponibles; y el sistema social no ve el malestar “tal cual”, lo ve bajo formatos, indicadores, diagnósticos, relatos y procedimientos. Por eso la economía del sentido no es solo economía del pensar, sino también economía de la traducción.