Capítulo 1
Del borde al margen
El borde no es una virtud. Tampoco un ideal. Es una condición frágil de aparición.
Hay escenas en las que algo puede comparecer sin quedar resuelto de inmediato. Hay otras en las que casi no existe ya ese intervalo. A veces una palabra abre. A veces cae ya pegada a su función. A veces una pregunta modifica el campo. A veces solo activa la respuesta que ya estaba preparada. Lo que decide esa diferencia no es solo el contenido de la escena. Es el margen.
Llamaremos margen a la capacidad efectiva de una situación, de un cuerpo, de una psique o de una institución para sostener una diferencia sin precipitarse ni a su clausura inmediata ni a su descomposición. El margen no es una apertura infinita. Es una disponibilidad finita. Nombra el intervalo, el repertorio, la traducibilidad y el límite dentro de los cuales algo puede todavía aparecer sin quedar destruido por la reducción demasiado rápida o por la saturación.
Esta precisión cambia la tarea pedagógica.
No basta con abrir escenas. No basta con ralentizar respuestas. No basta con crear actividades donde algo “parezca” emerger. Todo eso puede resultar estéril si la situación no conserva margen suficiente para sostener lo que se ha abierto. Una pregunta puede nacer muerta si la institución exige enseguida una respuesta cerrada. Una emoción puede parecer expresada y, sin embargo, haber quedado totalmente capturada por una etiqueta. Una escena puede presentarse como creativa y estar ya administrada por el mismo repertorio de siempre.
Por eso el borde y el margen no son lo mismo.
El borde señala el punto en que el sentido todavía no está del todo fijado.
El margen señala la capacidad de la escena para sostener ese punto sin colapsar.
Una pedagogía del borde necesita ambos. Si solo piensa el borde, corre el riesgo de idealizar la apertura. Si solo piensa el margen, corre el riesgo de volverse mera gestión. La tarea pedagógica se juega entre los dos: abrir lo suficiente para que algo pueda todavía hacer diferencia y proteger lo suficiente para que esa diferencia no sea destruida por el primer cierre barato.
Esto vuelve más precisa la idea de formación. Formar no es solo transmitir un contenido ni modelar una subjetividad. Es también organizar el campo de aparición de lo que puede llegar a ser significativo. Toda escena formativa decide, de hecho, cuánta latencia permite, cuánta varianza tolera, qué vocabulario admite, qué tipo de silencio soporta, qué errores puede metabolizar y qué tipo de cierre aparece como normal. Eso quiere decir que toda educación es ya una política del margen, aunque no lo sepa.
Aquí conviene hacer una advertencia importante. El margen no es una propiedad privada del sujeto. No depende solo de una buena disposición interior. Tiene cuerpo, historia, lenguaje, entorno, ritmo, carga, hábito y forma institucional. Un sistema puede querer abrirse y no poder pagar el costo de sostener esa apertura. Otro puede parecer muy ordenado y, sin embargo, conservar margen real para dejarse corregir. La pedagogía del borde no puede moralizar estas diferencias. Tiene que leerlas.
Por eso este libro no hablará primero de métodos, ni de competencias, ni de valores educativos. Hablará de condiciones. Preguntará:
-
cuánto tiempo puede durar algo antes de ser fijado,
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cuántas vías de lectura siguen siendo practicables,
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qué lenguaje llega demasiado pronto,
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qué cuerpo sostiene la escena,
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qué deuda arrastra,
-
qué repeticiones ya dominan,
-
qué umbral de carga está en juego.
Solo desde ahí puede empezar una práctica pedagógica que no confunda claridad con captura ni apertura con abandono.
Dicho del modo más simple: una pedagogía del borde no enseña a permanecer en el borde. Enseña a no perder demasiado pronto el margen con que una diferencia todavía puede aparecer sin ser reducida a lo que ya sabíamos hacer con ella.
Y eso exige, antes que nada, una forma de ver.