Capítulo 16
Infraestructura del lenguaje y educación
El lenguaje ya no puede pensarse solo como medio expresivo. En gran parte de la vida contemporánea funciona como infraestructura. Esto significa que no solo nos permite decir cosas, sino que organiza de antemano:
-
qué puede comparecer,
-
en qué formato puede hacerlo,
-
qué tipo de respuesta espera la escena,
-
qué forma de claridad se considera suficiente,
-
y qué clase de cierre resulta más fácil de activar.
La educación ocurre dentro de esa infraestructura. No habla “a través” de un lenguaje neutro, sino en un medio ya cargado de:
-
plantillas,
-
interfaces,
-
rúbricas,
-
protocolos,
-
campos de validación,
-
métricas,
-
y formatos de visibilidad.
Eso cambia de raíz la escena pedagógica.
Una plataforma no es solo un soporte.
Una rúbrica no es solo una ayuda.
Un formulario no es solo un modo práctico de ordenar.
Un protocolo no es solo organización.
Todo eso distribuye economía del cierre. Decide cuánto margen le queda a una escena para no resolverse ya en el tipo de respuesta que el medio prefiere.
Por eso una pedagogía del borde no puede limitarse a analizar discursos o interacciones. Tiene que leer también la infraestructura de lo formulable. Qué se vuelve fácil decir. Qué se vuelve difícil. Qué forma de error es visible. Qué forma de trabajo cuenta. Qué queda fuera porque no entra en el formato. Qué tipo de palabra parece razonable y cuál ya nace extravagante o improductiva.
Aquí se ve una de las formas más eficaces de destrucción del margen contemporáneo: no hace falta prohibir una diferencia si basta con encarecer el formato en que podría decirse. Una escena puede estar formalmente abierta y, sin embargo, no admitir más que aquello que cabe en sus plantillas de formulación. El resultado no es silencio. Es un habla ya estrechada de antemano.
Esto se aprecia con especial claridad en la educación. La respuesta que no cabe en el test, la formulación que no entra en la rúbrica, la intuición que no puede convertirse en evidencia dentro del protocolo, la experiencia que no encuentra valor pedagógico porque no produce un resultado inmediato: todo eso no desaparece por falta de lenguaje en general. Desaparece porque la infraestructura solo reconoce ciertas formas de lenguaje como legítimas.
Por eso este capítulo no critica solo la técnica ni la burocracia. Critica una forma de organización del lenguaje que vuelve cada vez más barata la captura y más cara la elaboración. La infraestructura favorece:
-
lo trazable,
-
lo evaluable,
-
lo clasificable,
-
lo convertible en evidencia rápida,
-
y lo ya acoplado al régimen de respuesta de la institución.
Esto tiene una consecuencia muy fuerte: el medio no solo condiciona el pensamiento; preforma el destino de la diferencia. Antes de que la escena se abra del todo, ya sabe más o menos por dónde la dejará pasar. En ese sentido, una pedagogía del borde necesita trabajar también contra el automatismo infraestructural.
No se trata de soñar con una educación sin formatos. Sería ingenuo. Toda institución necesita formas. La cuestión es otra: qué tipo de formas dejan todavía margen y cuáles convierten toda diferencia en contenido administrable. Una infraestructura puede servir de apoyo o de pinza. Puede ayudar a traducir o puede anticipar tanto el cierre que el trabajo de la escena quede neutralizado antes de empezar.
Por eso la educación ya no puede pensarse solo como relación entre sujetos y contenidos. Tiene que pensarse también como lucha por las condiciones infraestructurales del margen.
Y esto nos conduce al último nivel del bloque. Porque una infraestructura no actúa sola. Está alojada dentro de instituciones que compran continuidad con determinadas economías de reducción. Ahí es donde la destrucción del margen se vuelve más estable y menos visible.