Capítulo 7
Tasa de recursividad
No toda repetición empobrece. Sin repetición no habría sedimentación, ni hábito, ni aprendizaje, ni posibilidad de volver sobre una experiencia para elaborarla mejor. Un sistema necesita resumir, ensayar, reelaborar y volver a recorrer ciertas operaciones. La cuestión no es si recurre a sus propias salidas. La cuestión es cuánto depende de ellas y cuánto mundo sigue entrando para corregirlas.
A eso llamamos tasa de recursividad.
La tasa de recursividad nombra el grado en que un sistema se alimenta de sus propias operaciones previas:
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una explicación que responde a todo con más explicación del mismo tipo,
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una identidad que se refuerza con más identidad,
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una institución que corrige sus fallos con más procedimiento idéntico,
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un alumno que estudia resúmenes de resúmenes,
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un docente que enseña desde esquemas ya tan sedimentados que casi no vuelve a tocar el problema.
La recursividad no es, por sí misma, un defecto. Puede ser fecunda. Un sistema puede volver sobre sí de manera elaborativa: resume para entender mejor, repite para sedimentar, reelabora para no perder el hilo, regresa a lo ya hecho y lo deja corregirse por la experiencia. En ese caso la recursividad sigue abierta a exterioridad. No clausura; organiza.
El problema aparece cuando la recursividad se vuelve estéril.
La recursividad estéril no es solo repetición. Es repetición que empieza a bastarse a sí misma. El sistema sigue trabajando, sí, pero trabaja sobre sus propias salidas más que sobre el fenómeno, la escena o la diferencia que debería corregirlo. La explicación se valida por más explicación. El esquema sustituye al contacto. El resumen reemplaza al problema. La institución gira sobre sus protocolos. El sujeto rumia. Todo parece muy activo y, sin embargo, entra cada vez menos mundo.
Esto la vuelve una condición decisiva del margen. Un sistema con recursividad muy alta puede parecer muy lúcido, muy organizado o muy reflexivo. Pero si casi todo lo que hace es circular dentro de su propio repertorio, la diferencia pierde fuerza reorganizadora. Lo nuevo ya no altera el relieve. Es absorbido por un circuito ya sedimentado.
Aquí se entiende por qué la pedagogía del borde necesita introducir fricción controlada contra la recursividad estéril. No para destruir la forma ni para glorificar lo bruto, sino para evitar que el sistema quede enteramente entregado a sus propias salidas. A veces esa fricción consistirá en volver al fenómeno. Otras, en interrumpir el resumen. Otras, en describir antes de interpretar. Otras, en salir del circuito institucional que responde a todo con más procedimiento.
La recursividad estéril tiene una gran ventaja: ahorra.
Ahorra cuerpo.
Ahorra incertidumbre.
Ahorra exposición.
Ahorra el costo de una diferencia real.
Precisamente por eso es tan seductora.
Una pedagogía del borde no lucha contra toda recursividad. Sería absurdo. Lucha contra la recursividad que ya no elabora, sino que evita ser alterada. Y eso exige una lectura muy fina: no toda reflexión es trabajo y no toda experiencia es más abierta que una forma. La cuestión sigue siendo la misma: si el sistema está usando su recursividad para metabolizar o para no exponerse.
Por eso la tasa de recursividad debe entrar junto a la latencia, la atención y la varianza. No es un detalle añadido. Es una de las condiciones que deciden si el sistema todavía puede aprender de una diferencia o si ya está demasiado ocupado reproduciendo sus propios circuitos.
Y aquí se entiende mejor el siguiente problema. Cuanto más recursivo se vuelve un sistema, más probable es que lo vivido ya no encuentre con qué pasar a forma habitable sin quedar atrapado en ese mismo circuito. Ahí la escena se acerca a la brecha de traducción.