Ciclo: Ciclo 1  ·  Volumen: Vol. VI — Pedagogía del borde

Capítulo 2. Fenomenología del borde

Capítulo 2

Fenomenología del borde

Antes de intervenir, una pedagogía del borde tiene que aprender a leer, evitando la interpretación en exceso, la psicologización inmediata y la imposición de una gramática positiva a toda escena, y buscando en cambio ver qué está pasando cuando algo aparece y empieza a cerrarse; a esa disciplina de lectura la llamamos fenomenología del borde.

La palabra fenomenología importa aquí en un sentido muy preciso: no designa introspección ni análisis de una conciencia aislada, sino atención a la escena tal como comparece, a sus ritmos, a sus palabras, a sus anticipaciones, a sus alivios, a sus apremios, a sus formas de captura, la escena no se reduce al sujeto ni el sujeto se reduce a su interioridad, lo que se mira es el régimen de aparición del sentido en una situación viva.

Esto exige una atención muy particular, y hay que ver:

  • Qué ha aparecido.

  • Con qué tono.

  • Qué clase de diferencia trae consigo.

  • Qué palabras se ofrecen demasiado pronto.

  • Qué pregunta ya viene pegada a su respuesta.

  • Qué silencio sigue siendo habitable y cuál está ya cargado de pánico de cierre.

  • Qué velocidad está imponiendo el medio.

  • Qué forma de alivio comienza a organizar la escena antes de que la escena haya podido elaborarse.

La fenomenología del borde no se orienta hacia un fondo oculto detrás de la situación sino que apunta al momento del cierre en acto, quiere captar el punto exacto en que una escena todavía podía seguir siendo más de una cosa y el instante en que empieza a quedar entregada a una forma ya disponible.

Esto puede verse en situaciones muy pequeñas: basta con que una alumna diga “no lo entiendo” para que la escena pueda abrir una elaboración o precipitarse enseguida a corrección, que un niño se enfade y la escena sostenga una pregunta sobre lo que se juega ahí o se reduzca al primer nombre emocional disponible, que un silencio funcione como margen de traducción o como vacío que todos se apresuran a rellenar, o que una duda se convierta en pensamiento o en petición de receta, la diferencia está en cómo la escena administra el aparecer.

Por eso la fenomenología del borde no se limita a la contemplación delicada sino que consiste en detectar operaciones de reducción:

  • Categorías que absorben la escena.

  • Normas que se imponen como si no fueran una forma entre otras de cierre.

  • Procedimientos que sustituyen la traducción.

Esta lectura no se dirige solo a los sujetos sino también a dispositivos, instituciones, formatos y medios, porque una escena se cierra por lo que hace el docente, por lo que hace el alumno, por lo que hace el lenguaje y por lo que hace la infraestructura en que la escena ocurre; la fenomenología del borde no separa artificialmente estas capas sino que lee su acoplamiento.

Aquí reside su fuerza pedagógica en una época que tiende a resolver, evaluar, nombrar e intervenir con demasiada rapidez, por eso esta fenomenología introduce una demora mínima que no busca congelar la escena sino impedir que la primera interpretación se tome por la única posible, esa demora no salva por sí sola la situación, pero crea algo indispensable: un resto de corregibilidad.

Sin embargo, la sola lectura resulta insuficiente y una pedagogía no puede quedarse únicamente en la atención al aparecer, necesita además una forma de intervenir que no imponga de inmediato otra clausura positiva, y esa forma es lo que llamaremos guía semántica negativa.